Cuando ríes, estás con los dioses.

-Proverbio japonés

Si sigues nuestra página de Facebook, habrás notado que últimamente estoy muy metido en el tema del Mindfulness, y que desde hace algunos meses incluso he montado una escuela online que ofrece cursos sobre el tema, ModoSer. Quizás te haya sorprendido ¿Qué hace Eduardo Jáuregui poniéndose a meditar? Parte de la respuesta la encontraras en mi web personal, donde hablo de mi lado Jedi. La otra parte te la voy a explicar aquí, con ayuda del Dalai Lama.

Cuenta una leyenda China que en tiempos remotos, tres monjes viajaban juntos compartiendo su sabiduría con la gente del gran imperio oriental. No predicaban sermones sobre la iluminación ni se esforzaban por convertir a nadie con ingeniosos argumentos filosóficos. Al llegar a cada aldea, se dirigían a la plaza principal y sencillamente explotaban a reír en una triple y sonorosísima carcajada. La gente del pueblo en seguida salía de sus casas corriendo para averiguar qué es lo que tenía tanta gracia, y al ver a los tres monjes desternillándose en el suelo, emitiendo ola tras ola de hilaridad, no podían sino contagiarse. Incluso los sujetos más serios y avinagrados acababan cayendo presos del embriagante buen humor de estos monjes, convirtiéndose el pueblo entero en un enorme y caótico jolgorio de comicidad. 

¿De qué reían estos tres monjes? Nadie, nunca, logró sacarles una explicación. Sin embargo, todos se contagiaban de su risa, como si en lo más profundo de su ser, de manera intuitiva, entendieran a la perfección el misterioso y divertidísimo chiste que conscientemente no lograban descifrar. 

No se si estos tres monjes existieron realmente alguna vez, pero la idea de que la vida espiritual potencia la sensibilidad cómica no es nueva. En el mundo occidental, la religión a menudo se considera un asunto bastante solemne, lleno de mandamientos, penitencias, mártires agonizantes y todo tipo de temas sagrados con los que no se puede bromear, bajo pena de castigo divino. En otras culturas, sin embargo, la risa desempeña un papel importante en la vida religiosa. La seriedad se considera la antítesis de la espiritualidad, y una actitud juguetona y risueña es señal de la verdadera sabiduría. Los grandes maestros son aquellos capaces de ver la vida como teatro, que sonríen ante los actores que se toman sus papeles demasiado en serio y que aprecian el lado divertido de la broma cósmica.

Sabios risueños

A mucha gente le sorprende descubrir que Tensin Gyatso, el 14º Dalai Lama y líder espiritual del budismo tibetano, tiene un tremendo sentido del humor. Ron Gluckman, un periodista que le entrevistó en profundidad durante dos semanas en 1996, lo notó enseguida:

«Claro, yo rezo por mi gente y por la devolución del Tíbet», dice [el Dalai Lama] con su voz profunda. «Rezo por el Tíbet todos los días. Pero también rezo por China. Soy optimista». Entonces pausa durante unos segundos, sus ojos brillan y aparece una sonrisita de pillo. «¡Claro que he sido optimista ya desde hace 37 años!» Evidentemente, el agudo sentido del humor del Dalai Lama ha sobrevivido intacto. Su sonora risa traspasa las puertas cerradas y viaja por los pasillos. Es una risa genuina y hechizante –un sonido que oiría a menudo durante las dos semanas que hablamos en su casa, monasterio y sede gubernamental… El monje más famoso del mundo parece un cruce entre Gandhi y Groucho Marx, con la chulería y el afilado ingenio de ambos.

No hace falta entender el inglés para apreciar la jovialidad del célebre monje en este vídeo, en el que confiesa lo difícil que resulta ser compasivo con un mosquito que le está picando:

El propio Mahatma Gandhi, considerado por muchos en la India un sabio iluminado, fue de hecho otro gran cómico cuya risa desdentada se hizo famosa en todo el mundo. Siguen citándose muchos ejemplos de sus ingeniosas salidas medio siglo después de su muerte, y aún hacen mella en la arrogancia y la barbarie de los imperios económico-militares de la actualidad. Cuando le preguntaron su opinión sobre la civilización occidental, Gandhi respondió: «creo que sería una buena idea». Y al visitar el palacio de Buckingham vestido con un sencillo taparrabos, dejó al desnudo toda la pomposidad del imperio británico. Los periodistas le preguntaron sobre su elección de vestuario y él respondió: «su majestad llevaba suficiente ropa para los dos».

Las biografías de algunos de los santos y profetas más respetados de diversas tradiciones religiosas, desde San Francisco de Asís (que se hacía llamar «el bufón de Dios») al sabio hindú Ramakrishna, a menudo están llenas de anécdotas divertidas y cuentos sobre su espíritu jovial.

El caso de Jesús de Nazaret, la figura religiosa más influyente en nuestra cultura, es bastante curioso en este sentido. En los Evangelios y en la tradición cristiana se le describe como un personaje bastante sobrio, pero algunas de sus parábolas (especialmente aquellas que se ríen de los ricos y poderosos), su evidente carisma, su lenguaje paradójico y su advertencia de que hay que ser «como un niño» para entrar en el reino de los cielos han llevado a varios intérpretes a cuestionarse si los evangelistas no habrían pintado una visión excesivamente dramática de este hombre.

Personalmente, sospecho que le hubiera hecho bastante gracia la película de Monty Python La Vida de Brian, en la que los seguidores fanáticos del protagonista acaban siempre a tortas sobre si hay que adorar la sandalia que se le ha caído a Brian, o por el contrario la calabaza hueca que usa de cantimplora.

La sonrisa del Buda

Quizás el más célebre de los monjes risueños es el Buda. Muchas de las estatuas e imágenes del legendario maestro lo muestran sonriendo o incluso riendo a carcajadas, y los libros sagrados del budismo incluyen numerosas historias y aforismos divertidos. Imagínate las siguientes frases pronunciadas por un buda jovial:

«Tengo hijos, tengo riqueza», así contabiliza el necio en su mente. Pero él mismo no se pertenece. ¡Cuánto menos los hijos y la riqueza! 

Un necio consciente de su necedad es por tal razón un hombre sabio, pero el necio que piensa que es un sabio es verdaderamente un necio. 

Nagarjuna, un maestro budista del segundo siglo, explicó el origen de la sonrisa del buda de la siguiente manera. El Buda se encontraba en su estado de dicha absoluta, contemplando la maravilla de la perfección cósmica, cuando decidió mirar atrás hacia la humanidad. Vio que la gente insistía en aferrarse con todas sus fuerzas a un «yo», sin darse cuenta de que este «yo» no existía. Buscaban la felicidad desesperadamente, pero su búsqueda consistía en actividades que parecían diseñadas a propósito para proporcionarles más sufrimiento. Y en definitiva parecían ciegos buscando un buen camino, pero que paradójicamente caían en un abismo. Al contemplar estas cosas, todo el cuerpo del Buda “sonrió sutilmente”.

Puede parecer una risa un tanto cruel, aunque hay que tener en cuenta que también el mismo Buda fue un ser humano y por lo tanto reía también de su propio pasado y su propia ceguera. La mayoría de los estudiosos del budismo consideran esta «sonrisa sutil» la expresión de una diversión compasiva, como la de unos padres que se ríen de un bebe que aprende a caminar. En cualquier caso, la historia de Nagarjuna continúa con un segundo momento humorístico más claramente benévolo…

El Buda ahora podía ver la vida como una broma que sólo algunos pocos sabios habían llegado a «pillar». Pero ahora ¿cómo iba a explicar este chiste a los demás sin arruinarlo? ¿Cómo iba a poder comunicar la verdad a la humanidad si las palabras no pueden contenerla? ¡Imposible! Y al darse cuenta de la futilidad de sus intentos para instruir a la humanidad, se dio cuenta de que hacía sólo el ridículo y de nuevo su cuerpo entero «sonrió sutilmente». Como el Dalai Lama, el Buda se reía de su propio optimismo al perseguir un camino que parece prácticamente cerrado.

Meditación y emociones positivas en el laboratorio

Hablando del Dalai Lama, una de las facetas más sorprendentes de este hombre es su interés por la ciencia y su disponibilidad para colaborar con científicos occidentales. En 1992 le dio permiso a Richard Davidson, prestigioso investigador de la Universidad de Madison, para realizar escáner cerebrales a un grupo de monjes tibetanos que han practicado la meditación diariamente durante años.

Los resultados de este insólito proyecto dieron la vuelta al mundo. Tras conectar electrodos a las cabezas rapadas de los monjes y observar los datos que llegaban a su ordenador, Davidson observó un nivel de actividad en el lóbulo prefrontal izquierdo del cerebro –asociado con las emociones positivas– mucho más alto de lo que había visto nunca en cualquier otro sujeto. «Fue muy emocionante. No nos esperábamos nada tan espectacular», comentó el científico a un periodista.

Desde entonces, Davidson y otros neuropsicólogos han acumulado más pruebas de que la meditación, una práctica común a muchas religiones y sistemas de crecimiento personal, provoca cambios duraderos en el cerebro. Concretamente, la práctica de Mindfulness o «Atención plena,» que se cultiva en la meditación y otras disciplinas como el yoga, se ha convertido en un tema de estudio muy candente en neurociencia, medicina y psicología, experimentando un crecimiento exponencial en las últimas dos décadas, como puede apreciarse en este gráfico de publicaciones en revistas académicas con la palabra «Mindfulness» en el título.

En uno de los experimentos más conocidos, entrenaron a 25 personas a practicar la meditación con el célebre curso desarrollado por Jon Kabat-Zinn: MBSR o Reducción del Estrés Basado en Mindfulness. Mediante escáner cerebrales, comprobaron que el nivel de activación del lóbulo prefrontal izquierdo de este grupo fue significativamente más alto que el de un grupo de control al finalizar el curso, e incluso cuatro meses después. A mí lo que más me hubiera gustado saber este grupo se volvió algo más bromista, pero desafortunadamente no conozco de ningún estudio que haya investigado la cuestión. 

¿La meditación mejora el sentido del humor?

Cuando escribí la primera versión de este texto en 2005, para el último capítulo de mi libro El sentido del humor: manual de instrucciones, apenas existían estudios científicos sobre estos asuntos, y tampoco cuando participé en 2009 junto a varios otros frikis académicos del humor en el Congreso Internacional Deus Ridens, sobre risa y religión, en la Universidad de Amberes.

Pero ahora sí existen más datos, y aunque de momento son bastante preliminares, todo apunta a que efectivamente, las prácticas contemplativas pueden afectar el sentido del humor. Concretamente, cultivar Mindfulness (o atención plena) fortalece el sentido del humor, y sobre todo los estilos humorísticos positivos:

  • En un estudio de 2013 se pudo comprobar que Mindfulness se relaciona positivamente con estilos humorísticos sanos (reír con los demás y reír en situaciones difíciles) y negativamente con los estilos malsanos (risa agresiva y autodestructiva).
  • Este estudio más reciente (2019) reforzó estas conclusiones y además encontró en un experimento que practicar Mindfulness fortalece el sentido del humor como fortaleza (definido como un sentido del humor positivo).

También es interesante que en el estudio científico de las fortalezas del carácter, enumeradas por Martin Seligman y Christopher Peterson, se ha encontrado que las dos fortalezas con mayor relación entre sí son «espiritualidad» (definido como una conexión trascendente con algo que da sentido a la vida) y «sentido del humor».

Mi encuentro en la tercera fase con el Dalai Lama

Hace algunos años, se me presentó una oportunidad única para conocer al al mismísimo Tensin Gyatso. Mi padre, el antropólogo Jose Antonio Jáuregui, había participado en la organización de un acto en Madrid para entregarle al Dalai Lama un premio por su trayectoria a favor de la paz. Y con esta excusa consiguió colarme ahí, entre un grupo selecto de políticos y periodistas, sabiendo que me encantaría conocerle, y que además tenía una pregunta importantísima que hacerle. ¡Sobre el lado cómico de la vida!

Durante el acto, pude comprobar en persona su desbordante humanidad y contagioso humor positivo. Recuerdo que cuando le dieron el premio, y después de muchas reverencias de agradecimiento, el pequeño tibetano se quedó un rato observando la estatuilla en su mano, una figura humana estilizada con huecos que atravesaban el cuerpo metálico en varias partes. Inmediatamente se puso a jugar con el «muñeco», metiendo sus dedos en los agujeritos y echándose a reír, como un niño pequeño. Y al cabo de un rato, compartió con la gente reunida la reflexión de un niño algo más mayor, haciendo referencia al discurso que acababa de pronunciar sobre las guerras, la injusticia social, la intolerancia y otros males de nuestra época: “Esta estatua es como el ser humano. Le faltan partes. Está incompleto. ¡Eso quiere decir que tenemos mucho trabajo que hacer!” Y de nuevo rompió a reír a carcajadas, contagiándonos a todos.

Después del acto, hubo un turno de preguntas, pero evidentemente la moderadora no me hizo ni caso y dio la palabra a los VIPs que poblaban la sala, algunos de los cuales aprovecharon para zurrarse los unos a los otros por motivos políticos –dando de nuevo la razón al premiado y añadiendo un nuevo toque cómico al evento, esta vez involuntario.

Tras la última pregunta, la moderadora clausuró el acto, la muchedumbre se puso en pie y al Dalai Lama se lo llevaron hacia una puerta a toda prisa un par de fornidos guardaespaldas tibetanos con cara de poca benevolencia. Mi padre estaba furioso. Pero… ¿y la pregunta de mi hijo? Yo me había resignado ya, pero él no se dio por vencido. Haciendo gala de su legendario optimismo y aun más legendaria tenacidad, me miró a los ojos muy serio y me dijo: «¡SÍGUEME!».

Aun no me lo explico, pero atravesamos la muchedumbre en un abrir y cerrar de ojos, y aunque los guardaespaldas casi me tumban de un codazo en la garganta, de pronto nos encontramos ante la pequeña figura de túnica naranja, y todo el mundo se detuvo. Mi padre nos presentó y le explicó en inglés que yo tenía una pregunta para él MUY importante.

Con mi corazón a mil, conseguí articular mi pregunta: “Su Santidad, siempre está riendo y bromeando, y es algo que resulta poco común en una persona con sus responsabilidades… ¿qué relación cree que existe entre la risa y la espiritualidad?” En mi experiencia, cuando preguntas a alguien sobre el humor, lo primero que suelen hacer es reír. Pero en este caso sucedió lo contrario. El líder tibetano se quedó muy serio durante un largo rato, meditando la cuestión, y cogiendo mis manos en las suyas, haciendo lo que solo puedo describir como la perfecta fusión entre un masaje y una caricia. Una gozada, vamos –sobre todo cuando te lo da el Dalai Lama.

Finalmente llegó su respuesta: “Con la práctica espiritual, se consigue una tremenda fuerza interior. Con esta fuerza llega una gran paz. Y creo que de esta paz surge, de manera espontánea, el humor y la risa”. Con eso se echó de nuevo a reír como un niño travieso, me dio unas tortitas en la cara y siguió su camino entre el gentío.

Solo me quedé con las ganas de realizar una segunda pregunta, que me vino en el momento: “Pero, ¿de qué se ríe Su Santidad?” El secreto de los legendarios monjes risueños sigue a salvo…


Esta es una versión editada y ampliada de parte del último capítulo de mi libro El sentido del humor: manual de instrucciones. Ahí podrás encontrar todas las fuentes. Aquí destacaré solo que el cuento de los 3 monjes chinos aparece originalmente en este libro.

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