Formación y consultoría en la aplicación del humor al trabajo

Las cuatro principales teorías del humor

Como ya comenté en la anterior entrada, existen cuatro escuelas teóricas principales que han tratado de esclarecer el enigma del humor. Vamos a irlas viendo una a una…

1. La teoría de la superioridad

Es habitual ver a los niños pequeños burlarse de sus coetáneos, a veces con una crueldad sorprendente: la niña gorda, el niño que se hace pipi, el nuevo compañero de clase que no habla bien el castellano. Los adultos también son capaces de reírse de los demás, y lo hacen a menudo, aunque suele ser a espaldas de la víctima a modo de “cotilleo”, una práctica tan universalmente condenada como extendida, según estudios antropológicos fiables. Basándose en estos comportamientos, algunos teóricos del humor han sostenido la idea de que la risa es un instinto agresivo que se dispara cuando observamos los errores, las deformidades, los vicios o los infortunios ajenos.

Hay miles de webs y videos online que coleccionan errores, meteduras de pata, catástrofes de vestuario y demás “fails”. He aquí un típico ejemplo:

Aunque los orígenes de esta teoría suelen atribuirse a Platón y Aristóteles, la más célebre versión la formuló el filósofo inglés Thomas Hobbes, quien dijo que reímos cuando nos sentimos repentinamente superiores a otra persona, a un grupo social o a nosotros mismos en el pasado.

Es un buen modelo para explicar numerosos tipos de humor en los que efectivamente existe una víctima o diana de la que nos mofamos: los fracasos y meteduras de pata cotidianas, las ideas excéntricas, el comportamiento de los niños, los “locos” y los “borrachos”, las bromas de tipo inocentada, las caricaturas, la parodia, el sarcasmo y diversos tipos de chiste como los de “Lepe”. Y por supuesto, los tropiezos y accidentes de Stan Laurel y Oliver Hardy (conocidos además como “el gordo y el flaco”, cosa que ya haría sonreír a Hobbes)

Sin embargo, hay otros ejemplos que no parecen ajustarse tan bien a esta explicación porque no existe una “víctima” clara: el humor absurdo, los juegos de palabras, el ingenio o estas definiciones delirantes del Diccionario de Coll:

  • AUTOBIOGRAFÍA: f. Biografía de un coche, escrita por el coche. 
  • EPOPEYE: f. Poema heroico, extenso, de elevado estilo, dedicado a un famoso personaje de dibujos infantiles.
  • GRANÓFONO: m. Tumorcillo que crea pus y sonido agradable. 
  • MONORQUÍA: com. Forma de gobierno en el que el poder reside en un mono. Se podrían poner varios ejemplos, pero no hay espacio suficiente.
  • PATEO: adj. Que niega la existencia de Dios con los pies.
  • ZUECO: m. Andaluz nacido en Suecia.

Por otro lado, la teoría de la superioridad nos presenta una visión de la humanidad un tanto desagradable y pesimista, difícil de aceptar. ¿Estamos siempre esperando a que alguien se caiga o diga una tontería para sentirnos superiores a ellos? Aparte quizás de los vociferantes tertulianos de algunos programas televisivos dedicados a hurgar en las vidas privadas de la gente, no creo que los seres humanos seamos así. Y en cualquier caso, es una visión que no concuerda con muchos momentos de risa alegre e inocente en las que reina la armonía y nadie sufre burla alguna. Quizás valga la pena recordar que Thomas Hobbes no fue célebre por su buen humor ni su espíritu alegre, y definió en una ocasión la vida humana como “desagradable, brutal y corta”. 

El golpe final que termina por tumbar la Teoría de la Superioridad, valga la violenta metáfora, es el hecho de que cuando realmente nos sentimos superiores repentinamente, no solemos reír. Los momentos en los que alguien de pronto consigue un gran triunfo, ya sea en un partido de fútbol, un campeonato de ajedrez o en la gala de los Oscar, no son momentos que provocan grandes explosiones de risa, sino de alegría, una reacción distinta. 

Puede que un futbolista alegre por haber metido un gol se ría, pero no se “parte de la risa” como lo haría en un espectáculo cómico, y sin embargo la Teoría de la Superioridad parece suponer que estos deberían de ser los momentos más “graciosos”. Además, hay muchos errores y desastres divertidos que no tienen nada que ver con la inferioridad de la víctima, como en el caso del resbalón de un trapecista de circo (que cae sobre la red, claro está). 

Si me río del trapecista no es porque yo sea capaz de volar por el aire entre un columpio y otro con mayor elegancia, sino porque se supone que él debería ser capaz de realizar sus piruetas a la perfección. Del mismo modo, aunque la Teoría de la Superioridad de Hobbes me pareciera imperfecta, incoherente o incluso ridícula, jamás me atrevería a sentirme superior a un eminente filósofo cuyas obras siguen citándose cuatro siglos después de su muerte. Aunque fuera un tipo desagradable, brutal y corto. 

Thomas Hobbes. Fuente: John Michael Wright [Dominio público]


Teoría de la incongruencia

Si bien la Teoría de la Superioridad es el modelo más antiguo del humor, la Teoría de la Incongruencia (propuesta en diversas variantes por Locke, Kant y Schopenhauer; y más recientemente por Victor Raskin) es quizás la más conocida y la más popular. Propone que reímos al observar dos o más elementos opuestos o incompatibles que han sido combinados o unidos de una manera inadecuada. Por ejemplo, Alicia en el País de las Maravillas es un cuento lleno de extrañas yuxtaposiciones. La Reina de Corazones y su ejército de cartas parlanchinas, por ejemplo, combinan las características de una baraja de naipes con toda una corte medieval. 

En este episodio Lewis Carroll crea un absurdo universo en el que estos dos mundos bien distintos se fusionan en uno sólo. Esta fusión no sucede de manera aleatoria, sino que se basa en el hecho que tanto los naipes como las estructuras políticas medievales tienen reyes, reinas, caballeros y una jerarquía bien precisa. Existe una especie de lógica en esta locura, una similitud superficial que sirve de excusa para crear el disparatado universo. Esto es lo que algunos teóricos llaman una “incongruencia apropiada”. 

La mayoría de los chistes funcionan según este mismo principio, lo cual convierte a esta teoría en la preferida de quienes se ocupan del humor basado en los juegos de palabras y conceptos. Por ejemplo, considera los siguientes chistes…

Un señor entra en un bar y le dice al camarero:–¿Cuánto cuesta un café?
–1 Euro–, responde el camarero.
–¿Y el azúcar?
–¡Gratis!
–Pues póngame un kilo, por favor.

Se abre el telon y sale mi tía Francisca electrocutandose con la plancha. Se baja el telon.¿Como se llama la pelicula?
El Amperio Contra Paca.

¿Cómo se dice “llover” en aleman?
Gottaskaen.

Si el mar está limpio, es porque se lava con todas las esponjas que quiere.

Ramón Gómez de la Serna

En cada uno de estos pequeños ingenios humorísticos existe un choque entre dos conceptos, unidos por una supuesta conexión más o menos rebuscada:

  • Azúcar gratis (si te tomas un sobre o dos con el café)
  • Azúcar gratis (un paquete de kilo)
  • El Imperio Contraataca (la película de George Lucas)
  • El Amperio Contra Paca (una señora que se electrocuta)
  • Gotas caen (la lluvia)
  • Gottaskaen (que suena a alemán)
  • La limpieza del mar (que contiene esponjas marinas)
  • La limpieza de los seres humanos (que emplean esponjas) 

Aunque esta teoría nos ayuda a entender el mecanismo de los chistes, flaquea precisamente ahí donde más convence la Teoría de la Superioridad ¿Cómo debemos explicar, por ejemplo, esa risa que provocan los errores y tropiezos espontáneos de la vida cotidiana, como la cantante de ópera Florence Foster Jenkins que fracasa estrepitosamente al tratar de alcanzar esa nota tan aaaaaaaaalta?

Podríamos argumentar que existe una incongruencia entre el comportamiento esperado y la realidad que observamos, pero ¿dónde se encuentra la clave que une las dos cosas, el enlace o la lógica que las convierte en una incongruencia “apropiada”? Nadie ha sabido dar una respuesta convincente a esta pregunta. Por otro lado, la Teoría de la Incongruencia no tiene en cuenta los aspectos sociales e interpersonales del humor, como la frecuente presencia de una “víctima” que puede ofenderse o sentirse humillada por las burlas. En definitiva, como modelo general del humor la Teoría de la Incongruencia resulta un tanto Incongruente.

Teoría de la catarsis

La risa a menudo produce una sensación catártica, como si se liberaran tensiones acumuladas: el estrés, la agresión u otras emociones. Por este motivo, hay algunos pensadores que han identificado ésta como la función principal del humor.

Según Freud, los chistes nos permiten hablar de temas que normalmente están prohibidos, con la excusa de la bromita –principalmente el sexo y la agresión frustrada. Y es cierto que una buena proporción de los chistes y del humor en general contienen alguno de estos dos elementos tabú. Ya hemos visto ejemplos de humor agresivo, y podrían citarse una infinidad de ilustraciones del humor “verde”, como esta lección de educación sexual de los Monty Python:

El tema del sexo, tabú aun hoy en nuestra sociedad “liberada”, sigue añadiendo picante a la comedia. Desde el Lisistrata de Aristófanes hasta el Profesor Cojonciano del Jueves o la película Kiki: el amor se hace, el tema del “chingui-chingui” siempre ha dado mucho juego cómico.

Algunos teóricos han ampliado la idea de la catarsis, proponiendo que además del sexo y de la violencia, cualquier tensión emocional frustrada puede provocar la risa. Según este punto de vista, el humor crea como una especie de globo emocional que se va hinchando hasta que algún desenlace pincha el globo y todo estalla de golpe. Herbert Spencer daba el ejemplo de un momento romántico durante una escena teatral, de gran tensión emocional, en la que una cabra del primer acto se intromete por error y comienza a olisquear a los actores. En ese momento la tensión revienta y el público explota a reír. 

Esta Teoría de la Catarsis ampliada casa a la perfección con los estudios que han establecido que el humor reduce el estrés y la ansiedad. Parece muy adecuada para explicar los juegos de los niños en los que se enfrentan a un desafío que inicialmente les provoca el miedo (un tobogán o una máscara terrorífica) y que más adelante les permite reírse según van superando el temor. También los adultos, evidentemente, empleamos el humor para superar momentos difíciles y tensos, o podemos reírnos después de descubrir, por ejemplo, que una terrible araña no era más que un juguete teledirigido… 

Pero al igual que otras teorías generales del humor, la Teoría de la Catarsis es más convincente en algunos casos que en otros. ¿Qué tensión se libera cuando nos reímos del despiste de un amigo querido? ¿O cuando nos desternillamos de la risa por un chiste ingenioso como los que he citado antes? Los teóricos de esta escuela se ven forzados a suponer que en estos casos se liberan emociones inconscientes, o a exprimir su fantasía para encontrar el sexo y la violencia en todas partes. 

Por ejemplo, hay un chiste infantil americano en el que un idiota se tira del edificio Empire State porque quiere obtener un smash hit (que puede significar “el estrellato teatral” o “estrellarse”) en Broadway, la famosa calle de los grandes musicales. Martha Wolfenstein, seguidora acérrima de la escuela freudiana, dio la siguiente intepretación de este chiste:

La enorme forma fálica es el pene del padre, cuya observación lleva al niño a la exhibición competitiva. Quiere obtener un éxito sensacional, pero también teme un fracaso catastrófico. Incapaz de abandonar su ambición, paga por anticipado. 

Aún más penoso (según ciertos freudianos, otra palabra fálica) para esta escuela teórica fue el descubrimiento empírico de que la risa no coincide con una reducción en la tensión fisiológica. Al contrario, diversos experimentos han encontrado que el desenlace de un chiste y la risa que la sigue se corresponde con un aumento del ritmo cardíaco, de la tensión muscular y de otras medidas de activación emocional (el efecto relajante y catártico viene más adelante, después de la risa). 

Y tampoco parece que a lo largo de un chiste el “globo” de la tensión emocional se vaya acumulando, sino que la tensión más bien llega al final, con el desenlace. El resultado es que estos datos han pinchado el globo mismo de la Teoría de la Catarsis, deshinchando la expectativas que se habían creado en torno a ella y liberando todos los aires que se hubieran podido dar sus defensores. 

Teoría del juego

La palabra “jocoso” significa divertido o gracioso, pero proviene del latin “jocus”, juego, que es también la raíz de la palabra inglesa para chiste, “joke”. Tienen sentido estas asociaciones, porque efectivamente, como hemos visto, los chistes son juegos de palabras o de conceptos. Por otro lado, los juegos de los niños (e incluso los de los simios y otros mamíferos) provocan mucha risa. ¿Es todo el humor sencillamente juego? Ésta es la propuesta de la más reciente teoría del humor, cuya primera versión publicó James Sully en 1902 y más recientemente ha popularizado William Fry

Esta escuela hace hincapié en la capacidad del sentido del humor para ayudarnos a afrontar los problemas, fracasos y desilusiones de la vida, liberándonos de una interpretación seria y permitiéndonos ver el lado divertido de cualquier infortunio. ¿No es esto lo que hacen diariamente los humoristas gráficos en las páginas editoriales de los periódicos? Cuando la pequeña Mafalda pregunta a su madre si al pasar el plumero por un mapamundi tiene que “limpiar todos los países o sólo los que tienen gobiernos malos”, nos permite resolver en nuestra fantasía dictaduras, corrupción y abusos de poder de un plumerazo. Mediante el humor podemos jugar con la realidad, transformando las amenazas y los desastres en absurdos y ridículos fantoches de los que nos podemos mofar alegremente. 

Se trata de una explicación razonable de los chistes, el humor absurdo y surreal, las caricaturas, la sátira, las bromas, la ironía y otros tipos de humor en los que los cómicos juegan con significados múltiples y crean mundos absurdos para divertir al personal. Cualquiera de los ingeniosos sketch de Les Luthiers podría valernos como ejemplo:

En esta genial actuación, se aprecia el aspecto lúdico del humor, o visto de otra manera, el aspecto cómico del juego. Las palabras se emplean con un significado y luego otro, los conceptos colisionan y se funden, las reglas de la lógica se pervierten y el resultado es un desconcertante pero hilarante caos.

Sin embargo, es difícil aceptar la idea que todo el humor sea intencional, creado por la imaginación de alguna persona para divertirse o divertir a los demás. ¿Qué decir de los despistes, los fracasos y los pequeños infortunios cómicos? En muchos casos el humor es espontáneo e incluso no deseado –como en esta serie de «bloopers» provocados por animales de todo pelaje…

Por otro lado, el humor a veces puede tener efectos muy negativos y muy reales. Todos los grandes innovadores de la ciencia, de hecho, han sufrido las risas de sus contemporáneos. Jeremiah Callahan, Presidente de la Universidad de Duquesne de Pittsburgh y contemporáneo de Einstein, escribió las siguientes palabras sobre el autor de la Teoría de la Relatividad:

No tiene una mente lógica. A veces me entran ganas de reír y otras veces me siento un tanto irritado que un tal batiburrillo pueda tomarse en serio como ejemplo de pensamiento.

En este caso, Callaghan se ríe de Einstein y nosotros de él. Pero aquí nadie juega. Son risas que van muy en serio.

Un problema aún más grave para la Teoría del Juego es que no llega a definir exactamente qué es lo que se supone que provoca la risa. Sus defensores describen algo gracioso como “cualquier cosa que vemos desde una perspectiva lúdica o no seria”, pero esto emplea una lógica perfectamente circular. Es como decir “nos hace gracia lo gracioso” o “lo ridículo nos hace reír”. Quienes más se acercan a precisar la causa de la risa hablan de “cambios de contexto” o “significados múltiples”, pero siguen siendo conceptos muy vagos que son relevantes a cualquier ámbito del arte, desde la pintura a la poesía, y que no necesariamente son divertidos.

En definitiva, los teóricos del Juego parecen jugar ellos mismos con las palabras y los significados, creando un modelo que resulta atrayente y divertido, pero también escurridizo y ambiguo. Ya lo dijo Lonygham en referencia a la fórmula de Einstein, E=M.C.2, y es igualmente aplicable a cualquier teórico del Juego:

Mire viejo, esta fórmula está peor que su peinado. Si un hombre trabaja de fontanero en Etiopía y su masa es asimilada por un corpúsculo al que llamaremos de tú, la velocidad de rotación de la tierra no varía para nada. ¿Es que no comprende que la relación espacio-tiempo no es una relación firme, que no existe compromiso por ninguna de las dos partes? ¿No ve que es un aquí te pillo, aquí te mato? Mire abuelo, los tiempos han cambiado desde que se descubrió la rueda en América y usted tenía acné… La formula correcta es E=W.C.

Teorías multicausales del humor

Una antigua parábola india cuenta la historia de un grupo de ciegos a los cuales se les presentó un elefante. Uno examinó la trompa y exclamó que un elefante era algo así como una serpiente. Otro rebatió, al encontrarse con la pata, que si acaso se parecía a un árbol. El que palpó el colmillo lo comparó a una lanza, el que sintió el costado a una pared, y el que se encontró con la cola a una cuerda. Como ninguno lograba convencer a los demás, comenzaron a discutir acaloradamente sobre el tema, y al final todo acabó a golpes en una pelea que hizo mondarse de la risa a todo el público reunido alrededor de ellos.

La moraleja de esta parábola puede bien aplicarse a historia del pensamiento sobre el humor. Como en el caso de los ciegos, cada escuela teórica se ha concentrado en ciertos aspectos de la risa y ha excluido otros, proporcionando una descripción razonable de una zona limitada, pero sin llegar a entender la auténtica naturaleza de la bestia. No creo que ninguna de estas teorías sea literalmente “falsa”, dado que cada perspectiva saca a relucir datos e ideas válidas, pero cualquier teórico que presume de haber dado con la “verdadera” explicación del elefante acaba haciendo el ridículo.

Algunos estudiosos, frustrados con tanto debate inútil entre teorías poco plausibles, han decidido que no existe una causa única de la risa, sino distintos “tipos de humor”. El problema es que tampoco se ha llegado a un acuerdo sobre cuantos “tipos” de humor existen, y cuáles son. Ofrezco a continuación, para ilustrar la futilidad del asunto, una pequeña lista de listas de distintas épocas: 

  • Quintiliano (Siglo I): (1) urbanitas (humor refinado), (2) venustum (humor afiliativo), (3) salsum (humor picante), (4) facetum (chistes), (5) iocus (juegos de palabras), y (6) dicacitas (sátira)
  • Cordaveaux (1875): (1) imperfecciones leves, (2) frustraciones leves, (3) lo inesperado o sorprendente, (4) lo indecente u obsceno.
  • Sidis (1913): (1) risa ascendente –las cosas difíciles se vuelven fáciles para quien ríe, (2) risa descendiente –las cosas fáciles se vuelven difíciles para los demás 
  • Giles y Oxford (1970): (1) humorística, (2) social, (3) ignorancia, (4) catársis, (5) burla, (6) de perdón, (7) cosquillas. 
  • Poyatos (1993): (1) afiliación, (2) agresión, (3) social,  (4) ansiedad, (5) miedo, (6) alegría, (7) comicidad y ridículo, (8) diversión, (9) auto-risa, (10) ciertos sucesos aleatorios interactivos

Estas listas impresionan con esa sensación de control que otorga la clasificación –de ahí que IKEA venda tantos muebles y cajitas para ordenar los trastos. Pero no han resuelto el problema. Da la impresión de que los ciegos han decidido negar la existencia de un único tipo de elefante, y hablan del elefante-cuerda, el elefante-lanza y el elefante-árbol, entre otros. Sin embargo, la estrategia no ayuda si detrás de todas estas categorías elefantinas se encuentra un único y sonriente paquidermo. 


Texto adaptado de mi libro El sentido del humor: manual de instrucciones.  

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